Cada agosto celebramos el Mes de la Minería, una oportunidad que tradicionalmente nos sirve para reconocer el aporte histórico de una actividad fundamental para el desarrollo de Chile. Sin embargo, este año conviene mirar más lejos: la conversación sobre la industria ya no trata únicamente de extracción o exportaciones, sino del futuro de la energía, la revolución digital y la competitividad de las naciones.
Los minerales críticos se han convertido en un activo estratégico global. No necesariamente por su escasez, sino porque resultan indispensables para las tecnologías que articulan nuestra vida cotidiana y cuyo despliegue será cada vez más acelerado. La transición energética, la inteligencia artificial, la digitalización y la electrificación de la economía comparten una misma base: todas requieren cobre, litio y otros elementos esenciales.
Un ejemplo permite dimensionar este cambio: mientras un automóvil convencional utiliza alrededor de 23 kilos de cobre, un vehículo eléctrico necesita cerca de 83 kilos, y un bus eléctrico puede requerir hasta 370 kilos. En total, un automóvil eléctrico incorpora cerca de 200 kilos de minerales críticos —aproximadamente seis veces más que uno tradicional—. A medida que el mundo avanza hacia la electrificación del transporte, impulsada por las principales economías, la demanda por estos recursos crecerá a tasas nunca vistas. Sólo en litio, la demanda venía creciendo a tasas del 10%, el año 2024 lo hizo en un 30%.
Ocurre algo similar con la inteligencia artificial. Solemos imaginarla como una tecnología puramente virtual, pero detrás de cada modelo, búsqueda o aplicación existe una infraestructura física gigantesca. Un centro de datos para IA consume entre 27 y 33 toneladas de cobre por cada megavatio (MW) de capacidad instalada. Un campus de 100 MW exige cerca de 3.000 toneladas del metal rojo. Sólo en Estados Unidos existen entre 1.700 y 2.800 proyectos de centros de datos planificados o en desarrollo, dependiendo de la definición utilizada (si se cuentan sólo nuevos centros o también ampliaciones y proyectos menores).
La transición energética ofrece otro caso elocuente. Una turbina eólica terrestre promedio requiere cerca de 4,7 toneladas de cobre, mientras que la tecnología marina demanda volúmenes aún mayores. El Banco Mundial estima que durante los próximos 25 años el mundo necesitará alrededor de 550 millones de toneladas de cobre para alcanzar las metas climáticas. En otras palabras, en apenas dos décadas y media será necesario producir una cantidad equivalente a la que la humanidad ha extraído a lo largo de toda su historia.
En este escenario, Chile posee una posición extraordinaria: concentra cerca del 21% de las reservas mundiales de cobre y el 25% de las de litio, dos de los insumos más relevantes para el nuevo paradigma energético. Sin embargo, disponer de estos recursos ya no garantiza el liderazgo. Otros países avanzan con celeridad para atraer inversiones, fortalecer sus cadenas de suministro y consolidar su posición en un mercado crecientemente competitivo.
El debate central, por lo tanto, no consiste únicamente en cuánto producimos, sino en cómo construimos las condiciones para seguir siendo un socio confiable a escala global. Ello exige una institucionalidad moderna, procesos de autorización más eficientes, altos estándares ambientales, innovación, desarrollo tecnológico y una relación de confianza duradera con los territorios. Competitividad y sostenibilidad dejaron de ser objetivos contrapuestos; hoy son dos caras de una misma estrategia.
El Mes de la Minería es un momento oportuno para recordar que el verdadero valor de esta industria no radica solo en los minerales que extrae, sino en las oportunidades y en el trabajo de quienes la integran. Cada vehículo eléctrico, cada parque eólico, cada red eléctrica y cada aplicación de inteligencia artificial comienzan mucho antes de encenderse: nacen en la labor de los trabajadores y en los minerales que los hacen posibles.
Chile cuenta con las condiciones para ser protagonista de esta transformación. El desafío actual consiste en actuar con visión de largo plazo para convertir nuestra ventaja geológica en una ventaja competitiva sostenible y, sobre todo, en una fuente de desarrollo integral para el país.

